- Reconocer que no estás separado sino que formas parte de tu entorno.
Uno de los grades errores que hemos aprendido es que somos seres separados e independientes del resto (de las demás personas, animales, el planeta, etc.), una creencia que potencia la competitividad, la explotación y manipulación del entorno (personas incluidas) y, en última instancia, el miedo. Si te sientes parte y dependiente de la red de la vida, reducirás tu egocentrismo y tu importancia personal y actuarás para el bien general. Y esto es clave para el buen funcionamiento de tus relaciones, la apreciación, el cuidado del entorno y tu bienestar personal. - Identifica tu proyecto de vida.
Seguramente quieres llegar a tu vejez o a tu madurez con la sensación de estar viviendo una vida con significado, y no mirar atrás y sentir que has hecho una ruta sin rumbo ni sentido. Párate a pensar en el significado de tu vida, identifica tus prioridades y márcate objetivos de acuerdo a tus valores personales. Con el tiempo, revísalos y, si es necesario, introduce cambios. Vive con consciencia, con el convencimiento de estar viviendo tu propia vida. - Diferenciar entre lo urgente, lo necesario y lo importante.
Aprende a parar. Identifica a qué le estás dedicando la mayor parte de tu tiempo, energía, pensamientos, etc. Todas esas cosas tan urgentes y aparentemente inevitables a las que dedicas tu vida, ¿son realmente importantes, dentro de tu proyecto de vida? ¿Son coherentes con tu proyecto de vida, contribuyen a tus objetivos? ¿Son necesarias? Si la respuesta es "sí": enhorabuena. Si es "no": tu agenda necesita una buena reestructuración y, cuando lo hagas, asegúrate de que las cosas a las que dedicas tu tiempo, las cosas urgentes, son realmente importantes y necesarias. - Acostúmbrate a ver a los demás seres como iguales.
En tu familia, todas las personas son importantes y deseas la felicidad de todas ellas. Y lo mismo con tus amistades, si les amas de verdad. La persona que te vende el pan; las madres con las que te cruzas a la salida de la escuela de tus hijos; tu compañero de trabajo; el jefe que exige de ti más de lo que puedes dar, todas aspiran a lo mismo que tú, básicamente: a ser felices. Y todas estas personas a veces aciertan (y son felices y es un placer estar a su lado) y a veces se equivocan (y se enfadan y hacen daño, queriendo o sin querer), exactamente igual que tú. Es una suerte ser imperfecta, porque así puedes comprender mejor las imperfecciones de los demás, aun cuando son diferentes. Mira a las demás personas como iguales: seres que buscan la felicidad y a veces se pierden en el camino. - Aprende a aceptar.
Aceptar no significa resignarse. La resignación no acepta: no le gustan las cosas como son y simplemente se "fastidia" con la sensación de impotencia, victimismo, etc. Nada sano. La aceptación no huye ni niega la realidad; ve las cosas como son (acepta) y realiza los cambios que se puedan realizar para mejorar las condiciones. Acepta lo que hay y lo carga de significado para seguir creciendo. Incluso el dolor, cuando llega; lo afronta y le da un significado. De esta manera, el dolor nunca es gratuito o una experiencia desperdiciada sino que se hace transcendente. ¿Te resulta contradictorio? Para ser feliz de verdad no puedes tener adicción al bienestar, a que las cosas sean siempre como tú deseas; la felicidad profunda y definitiva comprende que a veces te tocará afrontar situaciones incómodas o no deseadas, porque forman parte de la vida humana, y se abre a ellas cuando llegan, las utiliza para crecer y las deja pasar. - Depende sólo de una mente feliz.
Considera las cosas que ocurren en tu vida como anécdotas o prácticas de aprendizaje, disfruta de ellas: las que te gustan y las que no te gustan. Todas tienen la misma función: hacerte crecer, enseñarte a ser feliz. Que tu felicidad dependa sólo de tu mente feliz. Y, a partir de ahí, afronta lo que tengas que afrontar con alegría. - Hazte consciente del amor que sientes, hazlo visible.
Reconoce cada vez que se manifiesta tu amor: por detrás de un gesto amable con otra persona, cuando sonríes, cuando miras a un bebé, cuando disfrutas de una comida o una conversación con tu pareja o tu amiga, cuando contemplas un paisaje, una obra de arte o un objeto inspirador.Visibiliza tu amor. Cada vez que eres consciente de él, le das más fuerza.
Y, de la misma manera, aprecia los gestos de amor (amabilidad, consideración) de las demás personas. Es el mismo amor que habita la vida, en circulación.
Claves para abrirse al amor:
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